
Por: Isabel Ortiz Astete
Profesional en Proyecto TRES y ONG Conciencia Sur
La restauración territorial es en la actualidad un desafío planetario. Todos los días nos enteramos de cómo en distintas partes del mundo se viven las consecuencias de la degradación ambiental y cultural, muchas veces de manera trágica, afectando el bienestar de todos los seres que habitan los distintos paisajes de la Tierra.
Las agendas internacionales y los movimientos sociales locales dan cuenta, con distintos diagnósticos y métodos, de que el camino es unívoco: debemos recuperar como humanidad una serie de condiciones que permitan dignificar la vida y restituir los equilibrios ecosistémicos fracturados.
Durante décadas, las soluciones ambientales diseñadas desde la institucionalidad se fundaron en los aportes de la ciencia moderna, pero en la actualidad existe una apertura a considerar los conocimientos tradicionales en este desafío. Es importante aclarar que la apertura es desde lo institucional, pues las comunidades en sus territorios siempre han solucionado sus problemas desde sus capacidades, aprendizajes heredados, saberes sobre la naturaleza y tecnologías propias.
Este “saber hacer” no puede integrarse como una tendencia, ni desde el extractivismo epistémico, requiere consensos éticos y creatividad en los métodos, pero además un restablecimiento de las confianzas entre quienes consideran un horizonte común.
Variadas experiencias a nivel local y global se encuentran en el “tiempo de los intentos”, insistiendo en la importancia de encontrarnos, restaurando desde la superación de las especificidades, integrando los distintos sistemas de conocimiento desde la complementariedad.
Todos estos esfuerzos de alguna manera deben reflejarse no solo en indicadores, sino también en experiencias de justicia social, ambiental y en dignidad para las distintas formas de vida.

